Reseña del Cinco del Círculo Cósmico
“Los Números favoritos del Universo” es el título de una serie que empieza con “El Cinco del Círculo Cósmico”, consta de 176 páginas y está complementado con ilustraciones.
En el “cinco” partimos de la coincidencia excepcional que tuvieron todos los pueblos originarios del mundo en reconocer en la Tierra un ser vivo, buscando establecer sus pueblos en círculo como ombligos planetarios, posiblemente habiendo detectado las coordenadas geomagnéticas. Vemos, a la vez, que todos edificaron sus arquitecturas, conectándose a los ombligos de la luna, el sol, la constelación de Orión, las Pléyades y diversos planetas como Venus, Júpiter, etc.; pues todos los antiguos pueblos originarios apreciaban al cielo y los cuerpos celestes como seres vivos que se interconectan con nuestro planeta y nuestras vidas ( Venus era la personificación de Kukulcan- Quetzalcóatl entre mayas y mexicas y Júpiter la de Viracocha entre los incas, aimaras y quechuas). Así, ellos intentaban formar un eje cósmico entre los cuerpos celestes, la tierra, los pueblos y los individuos.
El diseño de los pueblos ombligo era hecho trazando un círculo dentro de un cuadro de cuyas esquinas emergían cuatro líneas que se reunían en el centro del círculo formando una cruz. Esto corresponde con el concepto de mandala del hinduismo y el de Hunab ku de los mayas, y las cruces mexicas, egipcias, celtas, hopis, etc.
Tomamos estos dos conceptos que contienen los números cuatro en las esquinas y el cinco en el centro del círculo y los testamos en la arquitectura pétrea más arcaica, constatando que todas las construcciones llamadas círculos de la medicina en Norteamérica continental (22, 000 contadas para fines del siglo XIX) corresponden con esta descripción. Los 1,300 círculos de piedras paradas sobrevivientes en Gran Bretaña, las 250 en Alemania y Croasia; y los cientos, si no es que miles, del sur de Europa también. Hacemos un “close up” de las ruinas de Gobekli en Turquia, de 11,600 años atrás, de las ruinas de Playa Nabta en Egipto de 7,500, de las Goseck y Glauberg en Alemania de 6,000, de las de la columna de Jovis en Suiza, las de Newgrange en Irlanda Stonehance en Inglaterra, Arkaim en Rusia, el crómlech de Portugal, todos de aproximadamente 3200 a.C. Comprobamos que estas se dan en el Kameshwar Rao, Brahmagiri, Karnataka en la India, el círculo calendario de Rano Kau en las Islas de Pascua, el de Puyang en China, Rugum el-Hiri en los altos del Golán(3200a.C.), las big Horn, las de los Anasasi, las del Cañon de Chaco en EU, y algunas otras, para corroborar que los círculos de piedra fueron un fenómeno universal de la arquitectura de los pueblos más arcaicos en las más diversas regiones del mundo donde se demuestra la consciencia originaria de lo que reza el Po Pol Wu: los cuerpos que componen el Universo, fueron creados en cuatro partes. Así todos pueden ser vistos como un círculo dentro de un cuadro, con cuatro esquinas y un centro que es su cinco cósmico o como una esfera dentro de un cubo donde hay cuatro lados arriba y cuatro abajo, que se juntan en el centro. Igual sucede con nuestro planeta y con todos los cuerpos que lo habitamos, y eso es lo que pusieron en práctica los pueblos originarios en su arquitectura. En donde se puede comprobar las localizaciones de los solsticios, equinoccios, los movimientos lunares y la posición de algunas estrellas que eran conectadas a la arquitectura pétrea en la forma de colocar las piedras en los círculos y dentro de éstos.
Nosotros como seres inter-cósmicos, experimentamos que los cuatro lados del cielo usan los cuatro lados de nuestros cerebros (dos hemisferios divididos por el surco central) para hacer su vértice en nuestra Glándula Pineal,( lo que la hace nuestro punto cinco celeste). Mientras que los cuatro lados de la tierra ascienden por nuestro cuerpo cuadripartita hasta hacer el suyo en nuestro hipotálamo (lo que le asigna su condición de cinco terrestre), juntándose los vértices de las pirámides del cielo y la tierra en el centro inferior de nuestros cerebros. Este es nuestro eje cósmico fisiológico y potencialmente espiritual. Junto a este desglose del cuatro y el cinco de la tierra y el cielo en nuestro interior, analizamos algunos de nuestros órganos internos corroborando su cuadripartición y piramidación: Como el corazón que siendo un órgano único hace las veces de vértice de los pulmones pero se divide en dos ventrículos y dos aurículas ante la sangre. A su vez la sangre se divide en arterial y venosa, por ser oxigenada y desoxigenada cuyo vértice son las células (entre otros ejemplos).
La mayoría de las cumbres de nuestro planeta tienen formas piramidales, y son la forma en que la Tierra, como ser vivo, busca establecer su eje cósmico con el centro de los círculos del universo.
La astroarquitectura de los pueblos originarios, tuvo un origen endógeno al copiar la forma en que se conectan el cielo y la tierra en nuestros propios cuerpos, a la vez que emula la búsqueda de la conexión piramidal de la madre tierra con los cuerpos celestes. Así los observatorios astronómicos, las chozas y sus templos sagrados fueron circulares en su forma y piramidales en su estructura.
Vemos un segundo grupo de construcciones que en su estructura llevaron contabilidades exactas de los solsticios, equinoccios, ciclos lunares de 28 días, como de 18.61 años nódulos lunares, ciclos solares de 11 años, contabilidades humanas de 260 días, ciclos universales del 13, el 20, el 40 y el 360, 365.25, etc, donde coinciden contabilidades fisiológicas, terrestres y astronómicas, que se encuentra materializadas en Machu Picho, en las pirámides de Egipto , en el Ankor de Camboya, en Chichen itza, Teotihuacán en México, Tikal en Guatemala, Samapura en Bangladesh, y muchas otra, en las cuales pueden encontrarse múltiples sincronías del cielo, la tierra y la fisiología humana.
La forma circular de todos los cuerpos vivos (los cuerpos celestes, la tierra, las plantas, los animales, las células, átomos, etc.), aparece reflejada en la arquitectura de todas las culturas originarias del mundo, no solo como simples calendarios económicos, sino principalmente como ejes cósmicos primordiales que aterrizaban en el eje cósmico fisiológico de los individuos.
La naturaleza de las construcciones originarias era bio-geo-astro-arquitectónica. Nosotros en la sociedad económica las hemos interpretado como calendarios, pero su propósito real era de sincronización cósmica.
Un grupo de culturas sorprende por haber detectado las concentraciones de magnetismo terráqueo (todo lo que es Stonehance, Carnac, Newgrange, Arkaim, entre algunos más). Otro por detectar las concentraciones magnéticas de las alturas(los tibetanos, Machu picho, los mexicas, toltecas, tiahuanacos). Y un tercero por detectar la latitud terráquea de los 19.5 grados, latitud donde todos los planetas y la luna misma, coinciden en tener concentraciones energéticas y particularmente volcánicas, propios para establecer un eje cósmico (entre muchos otros: hinduismo, budismo y mayas, mexicas)
Para dar una explicación no “extraterrestre”, ni de “cultura superior” de la extraordinaria exactitud de las coordenadas astroarquitectónicas de la mayoría de los pueblos arcaicos y antiguos, ausentes de ciencias y tecnologías modernas, y observando la experiencia de múltiples animales que tienen “sentido de mapa”,” sentido geomagnético”, “memoria fotográfica” nos atrevimos a formular la hipótesis de que los individuos originarios, alguna vez, disfrutaron de un poder de percepción cósmica superior a nuestra enajenada cosmogonía tecnológica.
Lo que asumimos como nuestro punto cinco celeste, la glándula pineal corresponde con “el tercer ojo” del hinduismo, al desempeñar una función de sincronizadora de nuestras vidas con el cielo cuadripartito al producir melatonina y serotonina conforme a los tiempos cósmicos (la primera por la noche la segunda por el día). Aún cuando esta actividad glandular entra dentro de nuestros marcos existenciales finitos, aparece como una compuerta para poder atravesar hacia lo infinito y espiritual, pues esta misma glándula, es también la que produce la DMT o “la molécula del espíritu” (de Riek Strasman), como un visor que nos permite experimentar “racionalmente” (con los cuatro campos cerebrales) lo que solo puede verse con el punto cinco: otras dimensiones del cosmos.
Detectar los campos magnéticos de la tierra, el ombligo de la luna en su cara oculta a los 19.5, los 19.5 de la Tierra, Venus, Júpiter, etc., así como percibir la sincronía del movimiento planetario y solar con el 13 (para solo citar unos ejemplos) y sobre eso sincronizar las vidas de los individuos con aquellos, implica ver otras dimensiones del cosmos a través de nuestro eje cósmico y compenetrar nuestra vida cotidiana con estas. Y esto fue una extendida práctica de los pueblos originarios, que al reconstruirse, puede convertirse en un trampolín a partir del cual nuestro punto cinco celeste estaría en condiciones de conectarse espiritualmente al cinco del Universo, el Hunab Ku, que habita el treceavo cielo.
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